jueves, 2 de mayo de 2013

Un tren que nunca llegará


Liborio no se cansa de esperar. Cada mañana camina presuroso hacia la estación del pueblo. El rito se repite inexorablemente. No hay feriados, domingos ni fiestas de guardar que logren retenerlo en su hogar. El vetusto andén -huérfano de trenes- apenas conserva su forma debajo de la galería del edificio de viajeros. El se apoya en un añoso parante de madera. Y desde ese precario lugar, qué en otro tiempo euforizaba o deprimía a sus ocasionales ocupantes, observa hacia al naciente. Una profunda soledad refleja su mirada y una inmensa esperanza denosta su actitud. Cuentan los sabelotodos del lugar que el hombre era ferroviario. Trabajaba los rieles. Entendía de durmientes, cambios y señales. Pero de amar no sabía nada.
Un día conoció a la Renata. Ella era gringa, menuda pero de carácter fuerte. Dicen que era empleada de un conocido finquero de la zona limítrofe con Santiago del Estero. Aún más, el patrón la pretendía. Pero ella nunca se dio por notificada. Era buena moza la chica. No sólo leal, también servicial. Aunque muy seriecita. Por uno u otro motivo Liborio y Renata se conocieron en la estación. "Ella viajaba pa´ Añatuya", narró Marianela Gareca, una de las hijas de Fany, la partera mantera de una localidad cercana a Las Termas, que atendió a la gringuita, oriunda de Chaco pero criada entre mistoles y algarrobos. "/Vaya a saber ¿qué le habrá visto a él pa´que quedara rendida a sus pies"/, agregó la ocasional interlocutora. "/Mire/ -añadió- /dicen que/ /él ni siquiera la miró, pero ella igual se enamoró"/.
Palabras más, vocablos menos, los tortolitos se casaron. Renata vivía pendiente del Liborio. Lo complacía en todo lo que quería. Inclusive se aguantaba, sin mediar reclamos, sus salidas furtivas y sus noches de alcohol con amigos, en el boliche del pueblo. La chaqueñita se embarazó. Pero él se hizo más trasnochador y se fue a trabajar para el lado de Antilla. No se la llevó. Ella no podía andar de traqueteo en traqueteo si esperaba un bebé. Fue la excusa a la cual apeló. La fiel esposa acató el mandato.
Pasaron varios días y varios meses: ni noticias del Liborio. Una madrugada, la Renata dió a luz una nena. El parto fue complicado. "La criatura tenía dos vueltas de cordón umbilical en torno a su cuello", contó Marianela. Y, después de dos días, falleció. Ella imploró a su matrona que no informe al padre. /"Si no puedo ser madre no puedo ser esposa"/, habría dicho. Y cuando las sombras camuflaban las casas del poblado dejó de respirar, en una fatal determinación. La casa de Renata y Liborio, próxima a los rieles del ferrocarril Belgrano, amaneció vacía y sin vestigios de su moradora y del efímero recién nacido.
Liborio regresó luego de un año y medio. Pero no encontró nada. Además, nadie supo explicarle que pasó. "Renata se fue a Buenos Aires con su hija", fue la única versión, que una extraña anciana le brindó. Desde entonces, el padre que no pudo conocer a su hija, se instala en la parada ferrocarrilera del pueblo y aguarda el arribo de un convoy de pasajeros que nunca llegará. No sólo hace más de dos décadas que los trenes ya no circulan por ese lugar sino también por casi todo el país. Pero a él no le importa. Perdió el habla, la razón y la felicidad. Aunque en ese mundo incierto, intangible e indescifrable la esperanza aún lo mantiene vivo.
En el cementerio comunal hay dos cruces blancas de madera. Una de ellas sólo tiene escrito el nombre Renata. La otra, más pequeña, consigna "Hijita de Renata". Pero Liborio nunca aprendió a leer.
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Fuente: La Gaceta

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