
La policía tuvo que usar perros para encontrarlo. Ayer, su familia y sus amigos le dieron el último adiós en el cementerio municipal de Libertad, ubicado en la localidad de Merlo, cerca de donde vivía. Durante todo el día, la tristeza y el dolor se apoderaron de las esquinas de esa localidad, donde alguna vez estuvo “Chimu”, como le decían los que los conocían. Del entierro participó sólo un pequeño grupo de amigos y familiares muy cercanos. La desolación del lugar, un cementerio viejo y municipal, contrastaba con la idea de que allí se marchaban los sueños arrebatados de un joven. Mientras lo despedían por última vez, no necesitaron hablar: sus seres más cercanos se entendían con sólo mirarse a los ojos. El padre, Paolo, fue la pieza clave para dar con el cadáver de su hijo. Trabaja de editor en Canal 7 y tras revisar imágenes de las cámaras de seguridad y del accidente identificó a Lucas subiendo al vagón por la ventana de la cabina en desuso el día de la tragedia. Al principio tuvo dudas porque en los videos aparecía con un buzo gris con capucha y ellos pensaban que había salido de su casa con una remera verde, pero finalmente pidieron que se volviera revisar el lugar y la policía encontró el cuerpo de su hijo. Tristeza infinita. Ayer a la mañana la familia envió un comunicado manifestando su dolor: “Se nos fue Lucas, nuestro hijo, hermano, sobrino, nieto, padre, amigo. Se nos fue. No alcanzó toda la fuerza que tuvimos, apoyados desde muchos lugares, para buscarlo y encontrarlo. Y vamos a despedirlo con una tristeza infinita, pero bañada por la luz que nos deja. Pasamos los días más difíciles de nuestra vida y nos espera la soledad de no encontrar nunca más su sonrisa, esa que salía fácil, cercana, adorable”, conmovía. La carta fue firmada por su papá, Paolo Menghini; su mamá, María Luján Rey; y sus hermanas, Lara y Paz. Hoy difundirán un nuevo comunicado para “cerrar este capítulo, pero para abrir otros”. Lucas estaba por cumplir 21 años en pocos meses. Era, además, papá de una nena de cuatro. Vivía con unos amigos a pocas cuadras de la casa de su madre. Solía andar por el barrio con su bicicleta, un modelo años 70 de estilo vintage, y por su simpatía lo reconocían los comerciantes de la zona, a quienes siempre saludaba. Trabajaba en un call center en el centro, pero sus amigos juran que sus pasiones eran la música y el arte. Todos los días, temprano, se tomaba el tren en la estación San Antonio de Padua hasta Once, donde hacía combinación con el subte para llegar a la oficina. El miércoles se subió a la formación 3.772 de la línea Sarmiento y, como venía muy lleno, subió por la ventana de la cabina del conductor del cuarto vagón, un espacio restringido para los pasajeros, pero, a la vez, de fácil acceso para los que podían meterse. Ese lugar fue su trampa mortal. En más de una ocasión, Lucas se había quejado en las redes sociales por lo mal que se viajaba en ese ramal del ferrocarril. El miércoles viajó con los auriculares puestos, iba escuchando música. Así fue como los bomberos encontraron su cuerpo sin vida, luego de dos días y medio de una angustiante búsqueda por parte de su familia, que conmovió a todo el país. Su caso fue el de más notoriedad pública ya que se trató del último de los pasajeros del tren que permanecía sin aparecer a medida que pasaban los días. Sin embargo, ayer se conoció que otro joven de 26 años que habría viajado en el tren del siniestro, Alberto José Ojeda, permanecía desaparecido. Ayer a última hora un grupo de vecinos y amigos de Lucas se reunieron en la estación de San Antonio de Padua para reclamar justicia y pedir que descansen todas las víctimas de la tragedia (ver página 40). La movilización surgió luego de numerosos mensajes a través de las redes sociales que reclamaban justicia, fueron de forma espontánea. También estuvieron presentes los familiares de Tatiana Pontiroli, otra joven víctima de 24 años que vivía en la zona.
Fuente: Perfil
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