
EL DIARIO participó del flamante recorrido entre Paraná y Oro Verde. Las expectativas, las curiosidades, las preguntas más frecuentes y los paisajes que une el tren. Todavía faltan 20 minutos para que salga el tren y los vagones ya están repletos, en buena parte por chicos de una escuela primaria, pero también por una familia que vino de Misiones y se instaló en Paraná hace un año; por Raúl que llegó con sus hijos a dar un paseo y también por Susana, tal vez la única pasajera que le dará una finalidad bien práctica a la máquina.
Ella es de Oro Verde, sale de la oficina a las 13 –hoy pidió permiso un rato antes- y quiere probar cómo le va con el tren, porque el colectivo, se queja, siempre va lleno y demora. Susana, además, nunca viajó en tren y está especialmente inquieta. Expectante, con todo el cuerpo, a todos los sonidos y los movimientos del aparato que todavía no arranca. Pero ya falta poco. El tren que une Paraná y Oro Verde está en actividad desde el martes y a partir de hoy sale tres veces por día. Con los pasajeros viajan dos choferes y varios mecánicos que evalúan el rendimiento del coche y también toman nota de las cosas que deben y necesitan aprender.
Las maestras aprovechan la presencia de un periodista para controlar a los gurises que saltan de un asiento a otro, que saludan, que se ríen, que gritan. “Van a salir en EL DIARIO, el señor los va a anotar uno por uno”. Los chicos miran al cronista como si fuera un vigilante y se aquietan un instante. En el tren también viaja una fotógrafa diamantina -que aprovechó el feriado por San Cipriano para dar una vuelta y fotografiar absolutamente a todo y a todos- y hasta un agrónomo paranaense radicado en Washington, especialista en cambio climático. Desde sus comienzos, la máquina reúne una diversidad de visitantes asombrosa.
PAISAJES.
Se enciende el motor, “1.7, un motor de auto”, detalla César, el chofer, que absorbe la curiosidad y las preguntas de los pasajeros sin problemas. Más datos: el coche es un tecno tren cero kilómetro, tiene capacidad para unas 120 personas y no va a mucho más que 40 kilómetros por hora, que para hacer Oro Verde-Paraná o Paraná-Oro Verde, significan entre 20 y 25 minutos de viaje, siempre y cuando no medie algún inconveniente. La línea, en su etapa de prueba, contempla tres salidas diarias, de lunes a viernes: a las 7.15, 13.15 y 17. “Él tiene miedo”, señala uno de los chicos. “¿Por qué tenés miedo?”, pregunta el señor que viaja enfrente. El chico mira hacia afuera y no responde. Efectivamente tiene miedo de ese aparato que hasta hoy desconocía por completo. Pero el tren arranca y él se sienta.
Ahora sonríe. Afuera se ven primero los vagones derruidos, esqueletos de viejos galpones, hierros vencidos. Luego empiezan a aparecer casitas precarias y vecinos que salen a saludar el paso del tren. Se ven además perros, caballos y hasta algunos chanchos en el fondo de una casa. En la cima de la lomada, sobre el límite de la villa, aparecen, a cada 100 o 200 metros, parejas de policías. Intentan impedir los piedrazos. Hay gente que le tira piedras al tren, que apunta a los vidrios.
La máquina pasa por el barrio CGT, Los Pipos, Santa Lucía. Todo va bien hasta que el tren se detiene, los mecánicos bajan y la fotógrafa diamantina aprovecha para tomar al tren de frente detenido en pleno camino. “Qué pasó señor, ¿pinchó una rueda?”, pregunta uno de los chicos. Las maestras se ríen y explican que los trenes no llevan ese tipo de ruedas. “Se rompió una manguera de aire”, grita uno de los técnicos y rápidamente tres trabajadores se encargan del asunto. Diez minutos después el tren vuelve a moverse. La gente aplaude. “La idea es hacer cuatro paradas, ahora estamos en etapa de evaluación, viendo los tiempos, los problemas que aparecen, pero vamos a hacer entre 4 y 5 paradas”, detalla uno de los ferroviarios. LLEGADA. Con algunos minutos de demora, la máquina llega y se detiene en la parada de Oro Verde. Abajo espera un jardín de Paraná que viajó a las 7 de la mañana y pasó todo el día entre el Polideportivo de Oro Verde y el Jardín Botánico. Los chicos de la primaria bajan. Susana baja. Los demás también descienden, escuchan las explicaciones de uno de los trabajadores que exhibe el motor para los chicos, y vuelven a subir.
A las 14 en punto el chofer cambia de punta y de control. El viaje vuelve a empezar, pero al revés. De camino hay unos siete cruces con calles de Paraná. La gente se detiene a saludar y les sonríe a los pasajeros. Parece la fiesta de una eterna bienvenida. La gente, quién sabe por qué motivos, se alegra cuando ve el tren. “Nosotros fuimos con mis hijos al tren turístico de Villa Elisa, pero justo estaba roto y anduvimos un rato en la zorra”, cuenta Raúl y jura que él no los induce al cariño por el tren, que ellos quieren conocer, que ellos piden. La máquina se detiene una vez más: alguien tiró en las vías un pedazo de un viejo lavarropa.
Hay basura alrededor. Mucha basura. “Mirá, allá está Luchi”, le dice un gurí a su amigo y se desespera porque lo vea en el tren uno de esos chicos que están en la cima de la lomada. Grita, salta. Le brillan los ojos color café. El tren llega a la estación a la hora exacta: 14.25. La gente aplaude otra vez y todos bajan y se dispersan bajo un sol espléndido de primavera. El día es cálido, el cielo está impecable y de fondo se oye otra vez el ruido del tren en marcha. El ruido bienvenido. Limpieza gruesa. Hace ya dos meses que el Gobernador Sergio Urribarri acordó con municipios y juntas de gobierno avanzar en la limpieza y la recuperación de uno de los tramos más deteriorados de las vías entrerrianas. Se trata exactamente de 170 kilómetros que unen Paraná con Federal y comprenden a unos 14 pueblos de la provincia. El plan es que en cada ciudad, las comunas o juntas de gobierno afronten la limpieza de unos diez kilómetros de vías. Una vez finalizado ese trabajo, los especialistas podrán confeccionar los pliegos para que la Nación llame a licitación. El jueves pasado, Carlos Molina, titular de la Unidad Ejecutora Ferroviaria, salió a recorrer las vías, en primer lugar, desde Paraná a Las Garzas. Lo particular es que la inspección se realiza directamente sobre rieles.
Es que la Uefer tiene dos camionetas biviales, que funcionan con ruedas de hierro sobre las vías o, cuando no se puede continuar por algún obstáculo, sigue con los neumáticos en la ruta. “Le ponemos dos ruedas como de zorra adelante y atrás, nos montamos en las ruedas de hierro y vamos por las vías”, explicó Miolina. En la primera evaluación el funcionario detectó una faltante de 200 metros de rieles, un monte tupido y en general la necesidad de avanzar en la limpieza gruesa y el cambio de durmientes.
Fuente: El Diario de Parana
No hay comentarios:
Publicar un comentario